miércoles, 7 de marzo de 2007

COSQUÍN ROCK: BALANCE , MITOS Y NECESIDAD DE CAMBIOS

Está claro que el rock argentino vive años de bonanza en términos de popularidad y de mercado. En todas y cada una de las radios del país, suena con una frecuencia casi desmedida y hasta alcanzó a rotar en las siempre difíciles AM. En ese contexto, el festival veraniego de nuestras sierras ha llegado a su séptima edición, instalado totalmente en el imaginario popular (año a año lo contamos en la agenda del mes de febrero y estamos atentos a la grilla de artistas que participan).

Esa instalación definitiva obedece ciertas ventajas comparativas. Siempre suma ser el primero de su especie, el que da el puntapié inicial. Cuando nadie se lo imaginaba alguien se animó a probar suerte con una reunión de bandas y solistas populares en un lugar absolutamente impensado (la plaza Próspero Molina). Funcionó como un anticipo de la horda de festivales que se han establecido en nuestro país (incluso antes que los porteños Quilmes Rock y Pepsi Music).

Su ubicación espacio-temporal también resulta destacable. Se lleva cabo en febrero (pleno verano) en una ubicación serrana que ofrece un atractivo particular: sierras, río y cercanía a la ciudad de Córdoba. Si le agregamos rock, la suma da como resultado un cóctel absolutamente tentador.

Hasta aquí ninguna novedad. Sin embargo, teniendo en cuenta estas ventajas, se puede hacer un balance crítico señalando algunas falencias y aspectos a mejorar:

1) los ausentes: por supuesto que no pueden estar todos los artistas en cada edición y siempre es necesario renovar la grilla para no desgastar la fórmula. Pero parece excesiva la lista (sin tener en cuenta gustos y valoraciones personales) de quienes no estuvieron este año: Los Piojos, Bersuit, Divididos, Catupecu Machu, León Gieco, Spinetta, Skay Bellinson, Karamelo Santo, Nonpalidece, Turf, El Otro Yo, La Mississippi, Auténticos Decadentes, Los Pericos, Vicentico, La Vela Puerca, No Te Va Gustar, Miranda entre los que ya estuvieron con anterioridad. Y Calamaro, Cerati, Bahiano o el Indio y hasta La Renga entre quienes todavía no dijeron presente.

2) supuesto federalismo: se da por sentado que Cosquin Rock es el festival más federal de la Argentina. A excepción de los Caligaris y Cielo Razzo en la fecha del domingo y Karma Sudaca en el día de inicio, ninguna banda del interior hizo pie en el escenario principal. Surge el interrogante entonces: ¿ser más federal consiste en darle a los grupos más pequeños un lugar durante la tarde, cuando el sol raja la tierra y sólo los desprevenidos y los amigos acérrimos presencian su actuación? La participación en esos horarios parece tener más utilidad en el currículum de cada agrupación (porque otorga cierto prestigio) que la repercusión obtenida por el show brindado.

3) desgaste: el “encuentro nacional de bandas”, como se autodefinía en un spot publicitario, empieza a desgastarse porque (paradójicamente, pese a las ausencias) no ofrece demasiadas novedades con cada edición. Este año estuvo Callejeros por primera vez y allí se acaba lo nuevo. Las presencias de los brasileños Ratos de Porao y Natiruts y de Gondwana (Chile) en los escenarios temáticos no alcanzan para cubrir ese déficit. Y Andrew Tosh es un completo desconocido para quienes no sean cultores del reggae aunque haya tocado en el espacio principal. ¿Cuánto costará traer algo novedoso que no encarezca el valor de la entrada? Aquí algunas sugerencias: Café Tacuba, Paralamas, Manu Chao, Bunburi. Cuesta creer que la productora del evento no tome en cuenta que la presencia de algunos artistas extranjeros le darían aire y frescura al festival. Más allá del frustrado intento con los Wailers, podrían haber incluido a UB40 que andaba por estas tierras para esa fecha. O Megadeth, que tiene cierto afecto por la Argentina. No parecen nombres imposibles.